martes, 12 de diciembre de 2006

Por los caminos del totalitarismo

POR LOS CAMINOS DEL
TOTALITARISMO



A finales de 1845, Tocqueville llamó la atención de los políticos sobre el
asalto intelectual que sufría el derecho de propiedad. Poco después, ante la
Cámara, el 29 de enero de 1848, advertía a los diputados escépticos: "Mirad
lo que pasa en el seno de esas clases obreras. ¿No veis que sus pasiones
políticas se han convertido en sociales? ¿No veis que poco a poco se
extienden en su seno opiniones, ideas, que no van a derrocar sólo tales
leyes, tal ministerio, tal gobierno inclusive, sino la sociedad, a hacerla
vacilar sobre las bases en que reposa hoy? ¿No escucháis lo que se dice
todos los días en su seno? ¿No oís que allí se repite sin cesar que todo lo
que se encuentra por encima de ellas es incapaz e indigno de gobernarlas,
que la división de los bienes hecha hasta hoy en el mundo es injusta, que la
propiedad reposa sobre unas bases que no son equitativas?"
Tocqueville intentaba llamar la atención sobre esas doctrinas que atacaban a
la sociedad misma hasta en sus fundamentos. Todo ese peligro provenía de un
fantasma, de un espectro que recorría ya el mundo, el comunismo.
José Martí, unos años después, advertía a su vez sobre la soberbia y la
rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo
empiezan por simular ser defensores de los desamparados.
Los mitos del totalitarismo se adherían a la nueva era. El siglo XX llegaba
con el advenimiento de dos nuevas mitologías, forjadas desde el siglo XIX:
Determinismo de la raza, determinismo inhumano de la clase. Dos caras de la
misma moneda.
Tocqueville había vislumbrado con horror este mundo centralizado que tan
bien describiría más tarde George Orwell en su novela 1984, y que tanto
dolor y miseria trajeron y traen al mundo, en sus dos variantes familiares o
en algunos de sus derivados, mutaciones o mimetismos. Marxismo, leninismo,
estalinismo, nazismo, fascismo, maoísmo, polpotismo,castrismo.
Entre el nazismo y el estalinismo existen semejanzas indudables. Para ellos
el Estado tiene una misión, es una entidad ética que se dirige hacia un
absoluto. Es antiliberal, antiparlamentario, antipartidos, fundado en la
mística del jefe, del conductor, llámese Führer, Inclito Camarada, Gran
Timonel o Comandante en Jefe. Su motor es un partido único, intermediario
entre las masas y el jefe.
El Estado es genocida, uno en nombre de la clase, otro en nombre de la raza,
ya sea que extermine a kulaks, enemigos del pueblo, ucranianos o judíos. En
ambos los parecidos exteriores también abundan: desfiles, banderas, actos
públicos, propaganda, lenguaje, parafernalia partidista.
El nazismo se diferencia del estalinismo en que el Estado nazi es
radicalmente antimarxista y antiigualitario.
Sin embargo, comparar fascismo y nazismo es un contrasentido. Hay una
distancia entre el Estado nazi y el fascista. Este último es el
Estado-nación clásico, donde se potencia el cesarismo. Es una estadolatría.
Para Hitler, el Estado no es un fin en sí, sino un simple instrumento. El
Estado, tanto para Hitler como para Marx, Lenin o Stalin, no es más que un
aparato, un medio de coacción, un simple continente que no está dotado en sí
de un prestigio especial. Lo importante es su contenido, el principio de
raza o de clase.
Los regímenes totalitarios se definen por la existencia de un partido único
dirigido por un solo hombre, una policía secreta poderosa y omnipresente,
una ideología muy desarrollada que sostiene un ideal de sociedad que el
movimiento totalitario se compromete a realizar, y la penetración y control
por parte del gobierno de las comunicaciones de masas, de todas las
organizaciones sociales y de masas y de la economía.
Berdaiaieff definía a la sociedad totalitaria como una sociedad "una",
idéntica en todas sus partes, homogénea. Sus palabras claves son: Construir
el orden social, organizar.
El autómata es la expresión gráfica de la desindividualización que persigue
la voluntad totalitaria. Una sociedad de siervos, que por paradójico que
resulte, es voluntaria. Los siervos aman la servidumbre, no la perciben como
tal. Una de las bases del totalitarismo descansa en el deseo de la masa de
subordinarse, de pertenecer. No existe, no hay dictadura totalitaria sin que
el individuo se subordine a la unidad que encarna el Partido. Surge y se
sostiene en el asentimiento de la mayoría.
Hitler y Stalin aprovecharon los medios que la técnica ponía en sus manos.
Supieron poner en los oídos de quienes les escuchaban las palabras que
deseaban oír. Ambos descubrieron que en los sentimientos estaba la clave del
éxito, que podían convocar las fuerzas subterráneas que movilizan a los
hombres.
Hitler amaba las concentraciones acompañadas de marchas. Decía que ambas
adormecen la conciencia y facilitan la fusión en la masa. Decía dejarse
llevar por la muchedumbre hasta que la emoción de su auditorio le sugería
las palabras que querían escuchar.
Las alertas no faltaron, pero nadie quería escuchar. ¿Acaso no se sabía qué
pasaba? Se perseguía a los judíos en Alemania, se les concentraba en campos
de exterminio y en zonas especiales. Ya mucho antes Lenin hablaba de su
Estado organizado como un taller controlado por obreros armados que no
permitirían ninguna desobediencia, porque no eran intelectuales
sentimentales. Lenin en 1918 ordenaba: "Los elementos inseguros deben ser
confinados en campos en las afueras de las ciudades". En 1921 hablaba de
rehabilitar a los enemigos del pueblo en campos especiales, mediante el
trabajo forzado. Cientos de miles de intelectuales, burgueses, ex militares
zaristas, mencheviques, anarquistas, socialistas de izquierda,
sindicalistas, fueron a parar a esos campos. Lenin creó una policía política
omnipotente, que podía eliminar sin juicio previo a los enemigos del pueblo.
La vida de un hombre estaba en manos de un teniente chekistas, analfabeto y
fanático.Las vidas del zar Nicolas y su familia también.
El genocidio de los campesinos ucranianos en 1933 culminaba una política de
odio contra los kulaks que comenzara en 1929. De 1929 a 1953, 18 millones de
personas fueron a parar a los campos y colonias soviéticas, donde perecieron
millones de ellas.
¿Acaso el mundo ignoraba todo esto? De los estragos comunistas se sabía por
los escritores Ante Coliga: En el país de la gran mentira (1938); Víctor
Serge: Dieciséis fusilamientos de Moscú (1936); André Gide: Regreso de la
URSS (1936); Victor Kravchenco: Y he elegido la libertad (1947). Kravchenco
estuvo a punto de ser linchado en París porque la izquierda consideró que
era un difamador.
Stalin asesinó a más militantes del politburó del Partido Comunista Alemán
de antes de 1933 que Hitler. De los 68 dirigentes comunistas alemanes que
huyeron a la URSS, 41 murieron asesinados o de extenuación en los campos.
Uno de los hechos más representativos del estado mental en que se vivía en
la antigua URSS es el informe al Comité Central realizado por un comandante
de la KGB que trabajaba en uno de los terribles Psijuska (hospital
psiquiátrico especial), en el que se queja de que tiene en sus manos a un
grupo de ciudadanos con una forma peculiar de enfermedad mental: "tratan de
fundar nuevos Partidos".
Al general disidente Piort Grigorenko se le diagnosticó una condición
psicológica caracterizada por ideas reformistas, de reorganización del
aparato estatal. La disidencia era calificada de esquizofrenia latente o
sigilosa.
La mentira es esencial para el totalitarismo. Su propaganda se basa en la
distorsión sistemática y permanente de la realidad. Construye los hechos en
función no de los acontecimientos, sino de las líneas que establece el
Partido.
La manipulación de la información no tiene límites, la falsificación de lo
real alcanza a los periódicos, libros, folletos, es decir toda clase de
documento o literatura o medio que pueda tener un significado político o
ideológico.
El totalitarismo pretende controlar los movimientos de sus súbditos, pero
sobre todo sus pensamientos y sus emociones. Cuando el individuo no sabe ya
qué es, está listo.
De lo que se trata todo esto es, además, que sea todo absolutamente
voluntario, no es que te sometas, es que te sometas a voluntad y contento.
De lo que se trata es de que aplaudas, delates, marches al son de la
voluntad del líder, del Partido. Cualquier pensamiento contrario es un signo
evidente de locura, de enfermedad mental.
Es imposible ver la realidad sino a través de los ojos del Partido. La
verdad es sólo una, la verdad proclamada desde arriba. Es lícito alterar la
verdad, reescribir la historia, distorsionar las noticias. La propaganda
sustituye a la información. Todo se vale.
El totalitarismo asfixia al individuo, elimina como sujeto, no sólo
físicamente. Lo más terrible es la eliminación simbólica, la entrega del
individuo a una promesa de eterna felicidad en la enajenación de un "otro"
que le anula. Quien no se deja seducir tiene ante él la muerte, el silencio,
el campo de concentración.
Un extraño embrujo se apodera de manera sigilosa de los hombres y los
convierte en fieras, en bestias sin conciencia.
André Gide escribe en 1936: "Lo que hoy exige la política estalinista es la
aceptación, el conformismo, la aprobación de todo lo que se hace en la URSS,
lo que se pretende obtener es que esta aprobación no sea resignada, sino
sincera y entusiasta. Lo más asombroso es que esto se logra. Por otra parte,
la menor protesta, la menor crítica es susceptible de los peores castigos, y
se le sofoca de inmediato. Dudo que en cualquier otro país, así fuera la
Alemania de Hitler, sea menos libre el espíritu, menos sometido, menos
aterrorizado, más avasallado".
El totalitarismo nos legó en el siglo XX el GULAG, el Holocausto, la
Revolución Cultural, la Revolución Camboyana, las UMAP castristas.
Entonces el mundo no vio los signos de su nacimiento. Hoy hace silencio
cómplice ante sus herederos. La comunidad mundial coquetea con Castro e
ignora el sufrimiento de todo un pueblo. La Cumbre de Salamanca es una
vergüenza para las naciones iberoamericanas. Su silencio, y más que eso su
decidido apoyo al totalitarismo castrista, es un paso peligroso que puede
alentar dar un segundo aire al totalitarismo derrotado, pero no vencido, que
levanta su estandarte de nuevo, rojo como la sangre. Podemos hacernos la
misma pregunta: ¿Acaso el mundo ignora lo que pasa en Cuba?
Un oficial de la KGB le dijo en una ocasión a uno de sus prisioneros:
"¿Sabes qué es lo más terrible? Que nadie les va a creer a ustedes, nadie
les va a escuchar, nadie va a querer sentirse cómplice de lo que aquí pasó
mientras bebían té junto a la chimenea o veían tranquilamente un partido de
fútbol. Eso, si dejamos testigos".
La única vía, su única cura, es la rebelión del espíritu contra el
materialismo histórico de Marx y contra toda la filosofía que implica.

Alvaro Kröger

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